«Es raro encontrar a alguien que no sea adicto a algo: al trabajo, al sexo, a los gimnasios, a las drogas. Algunas adicciones cuestan plata; otras son gratuitas. La mía pertenece a la segunda de esas categorías. Soy adicto a las bibliotecas.»
-
Archivo
- febrero 2014
- noviembre 2013
- junio 2013
- mayo 2013
- abril 2013
- marzo 2013
- febrero 2013
- noviembre 2012
- octubre 2012
- septiembre 2012
- julio 2012
- junio 2012
- octubre 2011
- julio 2011
- junio 2011
- mayo 2011
- abril 2011
- marzo 2011
- enero 2011
- diciembre 2010
- noviembre 2010
- octubre 2010
- agosto 2010
- julio 2010
- junio 2010
- mayo 2010
- abril 2010
- marzo 2010
- febrero 2010
- enero 2010
- diciembre 2009
- noviembre 2009
- octubre 2009
- septiembre 2009
- agosto 2009
- julio 2009
- junio 2009
- mayo 2009
- abril 2009
- marzo 2009
- febrero 2009
- enero 2009
- diciembre 2008
- noviembre 2008
- octubre 2008
- septiembre 2008
- julio 2008
- junio 2008
- mayo 2008
- abril 2008
- marzo 2008
- febrero 2008
- enero 2008
- diciembre 2007
- noviembre 2007
- octubre 2007
- septiembre 2007
- agosto 2007
- julio 2007
- junio 2007
- mayo 2007
- abril 2007
- marzo 2007
- febrero 2007
- enero 2007
- diciembre 2006
- noviembre 2006
- octubre 2006
- septiembre 2006
- agosto 2006
- julio 2006
- junio 2006
- mayo 2006
- abril 2006
- marzo 2006
- febrero 2006
- enero 2006
- diciembre 2005
- noviembre 2005
- octubre 2005
- septiembre 2005
- agosto 2005
- julio 2005
- junio 2005
- mayo 2005
- abril 2005
- marzo 2005
- febrero 2005
- enero 2005
- diciembre 2004
- noviembre 2004
- octubre 2004
- septiembre 2004
- agosto 2004
- julio 2004
- junio 2004
- mayo 2004
- abril 2004
- marzo 2004
- febrero 2004
- enero 2004
- diciembre 2003
- noviembre 2003
- octubre 2003
- septiembre 2003
- agosto 2003
- julio 2003
- junio 2003
- mayo 2003
- abril 2003
- marzo 2003
-
Meta
Sin llegar a causarme temblores, reconozco que me entra algo de «mono» si tardo en ir a la biblio.
Dice Joaquín Rodríguez en su artículo «El destino de las bibliotecas», publicado por Weblogs: Esta mañana me he levantado ponderando la fugacidad del tiempo, de la vida y de las bibliotecas que dejamos a nuestro paso por el mundo, como una estela o un testimonio de esa huella efímera que se irá descomponiendo poco a poco.
No es para menos, cada biblioteca personal es un sello indiscutible de la personalidad que uno se forja, esto es, la «gesticulación» individual. Es una curiosa relación -como diría Roland Barthes, en su obra El grado cero de la Escritura- entre la creación y la sociedad.
En ocasiones es difícil que los herederos miren con buena voluntad las obras que se dejan en vitrinas, libreros o entrepaños de donde uno suele tomarlos, para el enriquecimiento de la «Historia de la Escritura» y, gritar en nuestro interior ante el regocijo que nos invade al abrir tan solo nuestros libros. Es una pena dejar esos tesoros en…no sé que parte, cuando hemos sido llamados a encumbrar el sueño eterno.
Así como mono no me da peeero una sensación tranquilizante cuando entras en aquellas bibliotecas habituales o un subidón al entrar a una nueva, sí… eso sí
solo espero que no haya reuniones de «bibliotecadictos anónimos»
la verdad, es que es raro encontrar a alguien que no sea adicto a algo: al trabajo, al sexo, a los gimnasios, a las drogas, como tu bien dices. Algunas adicciones cuestan dinero cierto, pero donde queda la «satisfaccion», el «gusto» y el «deseo». Bueno, yo la verdad soy adicto al café Illy y no a las bibliotrecas, pero bueno, ahi os dejo un link http://www.cevending.es